La historia de la República de Weimar continúa siendo fascinante, en gran parte por las sorprendentes contradicciones que se dieron en esta etapa que apenas duró catorce años, señala Volker Ullrich en las primeras páginas de El fracaso de la República de Weimar (Taurus).
En las casi quinientas páginas de este volumen, somos testigos de aquel verdadero laboratorio de la modernidad que representó el período republicano alemán, no solo en el ámbito político, sino también cultural y sexual. Berlín se consolidó como la metrópoli que condensó este momento crítico, tanto en lo económico como en la creación de nuevas formas de existencia que surgieron entre 1918 y 1933.
El periodista alemán plantea una hipótesis clara: el experimento de la primera democracia alemana no estaba condenado desde su inicio al fracaso. Según Ullrich, existieron alternativas posibles que podrían haber evitado el ascenso de Hitler al poder, aunque estas opciones no fueron exploradas ni desarrolladas.
El autor retrata el entusiasmo inicial, cuando la prensa exaltaba la posibilidad de construir en Alemania un orden basado en la libertad, en lugar de un régimen autoritario o caótico. Para los socialdemócratas, la Revolución rusa se constituyó en un ejemplo de lo que debía evitarse.
No obstante, esta ilusión coexistió desde el comienzo con tensiones originadas en la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio y el Tratado de Versalles, que supuso la pérdida de una octava parte del territorio y una décima parte de la población nacional.
Este acuerdo, impuesto tras la derrota, fue percibido como una “paz impuesta” que generó un sentimiento de humillación profundamente arraigado no solo en sectores nacionalistas y militares, sino en gran parte del pueblo alemán. Así, el primer gobierno de la República de Weimar, encabezado por Friedrich Ebert, debió enfrentar la violencia y la tensión desde sus albores: asesinatos como los de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, intentos de golpe de Estado, huelgas generales y el asesinato del ministro de Asuntos Exteriores Walther Rathenau en 1922. El terrorismo de la extrema derecha fue una amenaza constante, consecuencia del traumático nacimiento republicano.
Ullrich analiza la paradoja que sustentó este gobierno: por un lado, una feroz devaluación de las condiciones de vida y una hiperinflación que generó una mentalidad colectiva marcada por la crisis monetaria; por otro, frente a la creciente miseria, existía un deseo irrefrenable de entretenimiento, que impulsó un auge de bares y clubes nocturnos en Berlín.
Este caos económico propició un anarquismo cotidiano, caracterizado por un desenfreno y una liberalidad inédita en materia sexual y en el consumo de drogas. En palabras del autor: “Con sus cines, teatros, cabarets y periódicos, Berlín se convirtió en un imán que atraía a un gran número de artistas, escritores y periodistas. Esta ciudad devoraba talentos y energías humanas con una voracidad sin precedentes, para luego digerirlos, masticarlos y escupirlos con idéntica rapidez”.
Durante la República de Weimar, los límites morales, burgueses o sexuales parecían disolverse: todas las líneas de demarcación se pulverizaban ante el avance de la ruina económica y el estado de ánimo desesperado que esta generaba.
En este contexto, crecía gradualmente la percepción de que Alemania necesitaba un “hombre fuerte” que restaurara el orden y liberara al país de las cadenas humillantes del Tratado de Versalles. Adolf Hitler, presidente del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), comenzó a atraer atención desde 1921, acentuándose tras su fallido golpe de Estado en Múnich.
Thomas Mann, exiliado en California, resumió esa trayectoria al afirmar: “Hay un camino recto que lleva del delirio de la inflación alemana al delirio del Tercer Reich”.
La muerte del presidente Ebert derivó en un giro conservador en 1925, cuando Paul von Hindenburg, del Partido Nacional del Pueblo Alemán, fue elegido su sucesor. Ullrich destaca que “la elección de Hindenburg como presidente representó sin duda un punto de inflexión en la historia de la República de Weimar”.
Posteriormente, la ruptura de la coalición con los socialdemócratas en 1930 marcó el inicio de una crisis que algunos consideran el principio del desmoronamiento republicano. Paralelamente, el nacionalsocialismo experimentó un notable ascenso electoral, pasando del 2,6% al 18,3% de los votos, consolidando a Hitler como un actor político relevante.
El crecimiento del NSDAP a expensas de los partidos burgueses evidenciaba que Hitler no se conformaría con ser tolerado por el establishment, sino que aspiraba a participar directamente en el gobierno. La política económica inflacionaria benefició directamente al partido, incrementando sus votos y afiliados.
El discurso de Hitler, que denunciaba la decadencia de la República de Weimar, caló hondo en una nación dispuesta a ser guiada por un “líder” que la sacara de su crisis y del estigma tras la Primera Guerra Mundial.
La asunción de Hitler como canciller, designado por Hindenburg el 30 de enero de 1933, tuvo un desarrollo meteórico. En apenas cinco meses, consolidó su poder y derogó la Constitución nacional de Weimar.
Ullrich señala: “Rara vez un proyecto político se ha revelado con tanta rapidez como una quimera,
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